lunes

UN ENSUEÑO TRIANERO


 
EL COLECCIONISTA DE ENSUEÑOS INCONEXOS
    Nueva novela a punto de acabar
(Un aperitivo)
 
 

 
Estoy, como tantas tardes,  mirando al sur desde la baranda del puente de Triana, y he visto caer la Luna sobre las tranquilas aguas de mi Guadalquivir.
Había caído como un globo cansado de volar, hasta que rozó suavemente la superficie verde del río.
Al tocar el agua iba formando infinitas ondas sobre la verdeante brillantez, alumbrando dudas con sus finas coronas plateadas.
A su luz salían albures que, jugando por la superficie, saltaban y se asomaban a la calle Betis. Al amor de su luminiscencia se transparentaban corales de mil colores y distintas tonalidades.
Un joven enamorado creía haberla hecho bajar para su amada, y que ahora, mecida entre los rizos del agua,  pensaba que se había convertido en una sirena trianera.
Cada vez que ella se sumergía, a él le parecía que su cabello se le mecía en hermosas formas brillantes. Aquellas ondas eran especiales. Sus infinitos rizos brillaban, y cuando estos rompían formando caracolas sobre las orillas, sus blancas espumas resplandecían aún más. Barbos y carpas doradas  esperaban la llegada de sus anheladas ilusiones, para volver a la profundidad del no muy lejano lecho.
Fue entonces cuando vi y escuché a aquél trianero que, a bordo de su barca con remos de palmas, navegaba  a duras penas hacia donde había caído la Luna. 
Con gran esfuerzo logró llegar hasta ella; la rozó con los dedos y ella sintió un leve y agradable cosquilleo. Ahora, su mirada limpia y blanca por los años, se iluminaba al igual que su sonrisa.
Una hilera de perfectos y bien cuidados dientes asomaba muy ordenada mostrando un gesto de felicidad.
Cogió un arponcillo por el mango y de un certero golpe,  acercándose a la Luna la pinchó; entonces  ésta se desinfló.
La sirena comenzó a pasearse sobre la superficie  hasta que en un momento dado se sumergió; los peces, todos, saltaban alborozados alrededor de la barca, y los corales hacían llegar sus fulgores hasta la superficie; el enamorado no se explicaba aquellas reacciones debido a la carencia de luz, aunque pensaba que ello era debido a la lámpara de su barca.
El muchacho trianero, contento con su suerte, echó el ancla de su barca, mas viendo que ella no salía, sin dudarlo un segundo más, se tiró al río.
Estuve observando con atención un buen rato, y viendo que él no emergía 
tampoco, deduje que andaría buceando con el fin de encontrarla. Cuando el pescador emergió y se secó, se dio cuenta de que de su piel ahora con sabor a sal y radiantemente blanca se desprendían unas extrañas escamas doradas...
 
 
La portada
 
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